miércoles, 12 de octubre de 2016

Maldito socialismo ¡cómo te echamos de menos!

    Nota del editor de este Bloc
  Por Beniezu

       Un excelente artículo sacado de ''El viejo Topo'' sobre la transición del socialismo al capitalismo en la Europa del Este. Una visión bien alejada de las tendenciosas y rencorosas críticas de los voceros del capitalismo. Una visión que nos habla de la cruda realidad de aquella  transición que supuso sin que nadie lo imaginase un autentico drama social para los  pobladores de las antiguas Repúblicas Socialistas. Millones de muertos por desatención social, desplazamientos, miseria y pobreza etc. etc. Drama  y desgracia que los voceros del capitalismo se ocupan en ignorarlo y tergiversarlo hablándonos solo  de las maravillas de haber alcanzado la ‘’libertad’’ ignoran olímpicamente el desastre humanitario que aquel drama supuso para unos pueblos que fueron víctimas de las maquinaciones de Occidente y de gentes sin escrúpulos que se hicieron ricos a costa de las miserias de sus conciudadanos


Maldito socialismo¡cómo te echamos de menos!

Higinio Polo, revista El Viejo Topo


 
La escenificación de una alegría impostada en ceremonias de auto alabanza (con evidentes concesiones al nacionalismo alemán) y la presencia, y, después, las imágenes difundidas por el mundo de Gorbachov, George Bush, Kohl, Merkel, Wałesa y otros (incluso Medveded) celebrando la “victoria sobre el comunismo”, escondían el sufrimiento social causado por el retroceso hacia el capitalismo en toda la Europa oriental, y se revelaban como la gran mentira de los festejos de Berlín.
 
Hace un año, en enero de 2009, haciéndose eco de un estudio de la Universidad de Oxford, el diario italiano Il Manifesto publicaba un artículo sobre las consecuencias de las privatizaciones y de las reformas de la llamada terapia de choque de Yeltsin y Gaidar en Rusia. El trabajo que citaba el diario italiano había sido publicado en la revista médica Lancet y llevado a cabo por David Stuckler, de la Universidad de Oxford, Lawrence King, de la Universidad de Cambridge, y Martin McKee, de la London School of Hygiene and Tropical Medicine, utilizando datos de organismos de la ONU, como la UNICEF, después de una investigación de cuatro años. Un millón de muertos


Ese era el resultado de la investigación que concretaba el aumento de la mortalidad (casi un trece por ciento, durante los años noventa) a consecuencia del desempleo, las privatizaciones y la aplicación de las recetas liberales que extendieron el hambre, la miseria y causaron la destrucción de la economía rusa. Debe hacerse la precisión de que el estudio abarcó la mayor y más poblada república soviética, pero que, de hecho, Rusia representa sólo la mitad de la población que componían las quince repúblicas soviéticas, y tampoco abordaba lo sucedido en el resto de países socialistas, que, juntos, sumaban otros cien millones de habitantes. Ese estudio publicado en Lancet, por tanto, sólo habla de la mortandad causada entre ciento cincuenta millones de habitantes, mientras que el conjunto de la población de la Europa socialista alcanzaba los cuatrocientos millones. 

No debe olvidarse, además, que esas cifras son estimaciones, puesto que otros estudios elevan mucho más el número de víctimas: piénsese en el aumento de la mortalidad infantil, en el retroceso de la natalidad, en el descenso de la población (a veces, por la emigración; en otras, por causas distintas, que no siempre es fácil clasificar). Ucrania, por ejemplo, ha descendido desde los 52 millones de habitantes que tenía en el socialismo, en 1991, a los actuales 46 millones, dieciocho años después.
 
Por supuesto, nada de eso se vio reflejado en los festejos de Berlín, ni el gobierno pronorteamericano de Yushenko y Timoshenko, ni los países capitalistas occidentales se han preguntado hasta ahora por la causa de un desastre demográfico de tal magnitud. Y es sólo un ejemplo, aunque sea de los más dramáticos. La antigua RDA, que contaba con dieciséis millones de habitantes, ha perdido dos, sobre todo por la emigración, y muchas ciudades se están despoblando. Incluso elInternational Herald Tribune (en su edición del 15 de enero de 2009) se hacía eco de la muerte prematura de unos tres millones de personas en el conjunto de los antiguos países socialistas europeos, según datos de los organismos de la ONU, y de la pérdida de unos diez millones de personas en esos territorios. 



Ante el horror y la contundencia de las cifras, Jeffrey Sachs (uno de los principales asesores de la terapia de choque capitalista en Rusia y otros países) intentó descalificar esas estimaciones y, en una carta a The Financial Times, consideró un éxito la reforma en Polonia, Chequia y Eslovenia, al tiempo que achacaba la mortandad en la antigua URSS a una evolución que se inició en la década de los sesenta del siglo XX, y a “la pobre dieta alimenticia soviética” (afirmaciones que la excelente investigación de Serguei Anatolevich Batchikov, Serguei Iurevich Glasev y Serguei Georguevich Kara-Murza, en El libro blanco de Rusia.


 Las reformas neoliberales(1991-2004), deja por completo en evidencia). Refutando a Sachs en esas mismas fechas, en una entrevista en The Times, el premio Nobel Joseph Stiglitz afirmó que la terapia de choque fue “una política económica desastrosa”. El capitalismo ha llevado a la muerte a millones de personas, y no sólo en anteriores etapas históricas, sino en estos últimos años. La desaparición del socialismo europeo no fue un éxito, sino una catástrofe, y centenares de miles de personas vivirían aún de no haber mediado ese desastre que celebraban en Berlín.
 
                                                      * * *
 
Bajo el socialismo, con el trabajo, asegurado para toda la vida para cualquier ciudadano, se disponía de casa, de asistencia médica, vacaciones y jubilación. Nadie pensaba en el desempleo, ni en los desahucios y la falta de techo, ni en las abusivas hipotecas de por vida, ni esperaba con temor una vejez desamparada y pobre. La privatización trajo consigo la pérdida de millones de puestos de trabajo, el desmantelamiento de buena parte de la industria, creó una espantosa corrupción, y. además, desató la miseria, la desesperación, el aumento del alcoholismo, de los suicidios, el abandono de niños, las pensiones de miseria, la introducción de ciegos criterios de mercado por encima del interés social, mientras se enriquecía una minoría.
 
El desastre en las instituciones científicas, el retroceso en la investigación, la ruina de la cultura, la introducción desde el Occidente capitalista de los más banales y zafios recursos de entretenimiento y alienamiento popular, la planificada destrucción de las costumbres sociales de ayuda mutua y solidaridad, fue acompañada por la exaltación del egoísmo personal y la búsqueda del bien privado, porque lo común pasó a ser considerado sospechoso por el nuevo poder capitalista.


 El desmantelamiento de la sanidad pública, el aumento de los precios de las medicinas, la reducción de la esperanza de vida, afectaron de manera determinante a la población. Todavía desconocemos las cifras de suicidios, las muertes causadas por el alcoholismo de quienes habían caído en la desesperación; la mortalidad debida a la proliferación de enfermedades como la tuberculosis, que afectan ahora a millones de personas, el destino de muchos de los centenares de miles de vagabundos y de niños abandonados que llenaron toda la geografía de la Europa oriental, y que siguen viéndose hoy, que fueron consecuencia directa de la salvaje implantación del capitalismo. 

Si hace dos décadas el hambre era desconocido en toda la Europa oriental, hoy afecta a millones de personas. Se dispone de algunas estadísticas parciales: en Ucrania, hoy, por ejemplo, un millón y medio de personas pasa hambre.
 
Esa política, impulsada en Rusia por el sanguinario Yeltsin, y por personajes como Gaidar y Chubais, tenía detrás a académicos norteamericanos neoliberales como el citado Jeffrey Sachs, y suecos como Anders Åslund (ayer, asesor económico en Rusia y Ucrania, y hoy responsable del programa ruso y euroasiático de Carnegie Endowment for International Peace de Washington), y sus ideas recibieron el apoyo entusiasta de Estados Unidos, con Clinton al frente (el presidente a quien tanta risa daban las ocurrencias del alcoholizado Yeltsin); tenían el sostén de Alemania, con Helmut Kohl; de Gran Bretaña, bajo John Major; y de Francia, con Mitterrand, y, después, Chirac.
 
Con apoyo occidental se produjo el mayor robo de la historia de la humanidad, en la Unión Soviética y en el resto de países socialistas europeos. No hubo frenos al latrocinio. Incluso, como ocurrió en Bulgaria, llegaron a devolver al rey Simeón ¡más tierras de las que poseía antes de la nacionalización decretada al finalizar la Segunda Guerra Mundial! Solamente en la RDA, aunque suele alegarse el gran volumen de las “ayudas” desde la RFA a las nuevas regiones del Este, se oculta que Bonn se apoderó de todo el patrimonio nacional de la RDA, que tenía un valor calculado en el doble de los desembolsos realizados por Bonn: la deliberada destrucción de la industria del Este alemán, exigida por los empresarios y aplicada por el gobierno occidental, forzó a la emigración de centenares de miles de ciudadanos y aceleró el envejecimiento de todo el territorio oriental. También las mujeres perdieron: en la RDA, trabajaban el 92 % de ellas; hoy, apenas el 69 %. Libertad… para emigrar, y para morir.
 
Esa realidad es conocida por los investigadores y por los gobiernos, pero no por ello se sienten aludidos los liberales: algunos, aunque no pueden dejar de reconocer el desastre, insisten en las ventajas a largo plazo de la implantación del capitalismo en la Europa del Este. Veinte años después de la desaparición de los sistemas socialistas que gobernaban la Europa del Este, la bien engrasada maquinaria propagandística de los medios de comunicación sigue remachando el clavo de la interpretación sobre aquellos hechos: manejando ideas simples para asuntos complejos, liquidan el expediente evocando la supuesta “rebelión popular contra el socialismo”, para terminar felicitándose, interesadamente, por la “muerte del comunismo” y el “triunfo de la libertad”.


 Además del recurso a la deshonesta y falsa equivalencia entre nazismo y comunismo, los defensores del capitalismo utilizan otros argumentos. La equiparación entre democracia y capitalismo fue sólo una de las muchas astucias de tramposos que los laboratorios ideológicos del liberalismo desarrollaron con éxito en la Europa del Este, pese a la evidencia de que el capitalismo no trae consigo la democracia: de hecho, ha convivido y convive con regímenes dictatoriales, monarquías autoritarias, estados expansionistas y belicistas, democracias tuteladas, y, también, con el nazismo y el fascismo.


 Porque la actual democracia liberal (corrompida por el poder del dinero) es sólo una de las formas políticas que ha adoptado el capitalismo. Otra de las trampas que utilizan los liberales es la condena universal del socialismo por los excesos y crímenes del pasado, mientras que el capitalismo es presentado como carente de historia: parecería que ni el colonialismo, el imperialismo, las matanzas y la represión en todos los países, existieron nunca, y, si se recuerdan, son para considerarlos fenómenos históricos que no tienen nada que ver con el capitalismo actual, pese a las guerras que mantiene. Para la propaganda liberal, ese capitalismo está representado apenas por los países más desarrollados, no por los más pobres: es Francia, no Egipto; es Alemania, pero no Indonesia; es Estados Unidos, pero no Haití.


 El entusiasmo liberal por la revisión de la historia llega al extremo de querer equiparar comunismo y nazismo por el procedimiento de negar la evidente filiación del fascismo con el capitalismo, y con la abusiva utilización del término “totalitario” que permite crear el espejismo de un capitalismo “democrático” que se habría opuesto al totalitarismo de nazis y comunistas, idea que no resiste la menor comprobación empírica, porque el nazismo y el fascismo no fueron derrotados por las potencias capitalistas sino por el socialismo soviético.
 
                                                   *  *  *
 
Nikolái Rizhkov, que fue, desde 1985 hasta 1990, presidente del gobierno soviético con Gorbachov, y que hoy, como senador, defiende la política de Putin, considera que “la desaparición de la URSS fue una tragedia”, y todos los indicadores sociales y económicos lo confirman. No sólo en lo económico: Rizkhov cree que Gorbachov negoció mal el “asunto alemán” y que nunca debió aceptar que la Alemania unificada permaneciese en la OTAN. Esa imposición estimuló la voracidad y la ampliación posterior de esa alianza, que ha llegado a engullir incluso a tres antiguas repúblicas soviéticas, y a establecer cuarteles norteamericanos en las puertas de Rusia.


 El Pacto de Varsovia fue desmantelado; la OTAN sigue planificando guerras. Se seguirá discutiendo durante mucho tiempo sobre esa catástrofe. Hoy, las diversas explicaciones llegan desde la indigencia intelectual y la deshonestidad política de los medios liberales, pasando por la severidad de un sector de la izquierda (socialdemócrata, trotskista, anarquista) que condena, a veces sin matices, la experiencia del socialismo real , y terminando con la hagiografía de otro sector de la izquierda (comunista) que rechaza cualquier análisis crítico de la realidad de los antiguos países socialistas europeos. También, figuran las de quienes intentan ser equilibrados y honestos a la hora de juzgar lo que fue el “socialismo real” y, sobre todo, lo que ha supuesto para la población el retorno al capitalismo.
 
Desde la Polonia que acaba de prohibir la bandera roja y los símbolos comunistas (igual que hicieron Hitler, o Franco, o Mussolini), desde la Chequia que intenta prohibir ahora el partido comunista; desde los países bálticos, que con su feroz falsificación histórica relegan a los comunistas a la clandestinidad yabsuelven a los nazis locales de su complicidad con el Reich hitleriano; desde la Alemania unida que persigue el recuerdo de la RDA, o desde la Rusia que quiere destruir al partido comunista, todos esos países, unidos al gran altavoz de la propaganda liberal que tiene su centro en Estados Unidos, se agrupan tras Washington en una poderosa coalición que sigue saludando como una gran victoria de la libertad el vendaval que se inició en 1989 y culminó, primero, en 1991, con la desaparición de la URSS, y finalmente, en 1993, con el golpe de Estado de Yeltsin en Rusia, que consolidó la vía golpista al capitalismo.
 
La política de Gorbachov segó la hierba bajo los pies de los dirigentes comunistas europeos, porque estimuló las protestas y anunció tácitamente que Moscú no movería un dedo para sostener a la Europa oriental. Incluso se estimularon las protestas: los gobiernos se vieron abocados a iniciar improvisadamente reformas, a entablar procesos de negociación con la oposición y, en última instancia, a ceder el poder. 

No obstante, pese al análisis predominante que hoy se hace en Occidente (sostenido con entusiasmo por los beneficiarios del cambio de régimen: una mezcla, según los países, de antiguos disidentes, viejos “comunistas” reconvertidos al capitalismo y nuevos burgueses surgidos de la rapiña y el caos), que puede resumirse en la falsa foto fija de una “rebelión contra el socialismo”, lo cierto es que las manifestaciones de 1989 en la Europa del Este no reclamaban nunca el capitalismo: querían reformar el socialismo, acabar con el autoritarismo y los abusos del poder comunista, conquistar la libertad y acabar con el temor reverencial al poder, conservando las estructuras económicas del socialismo. 


Sin embargo, las explicaciones no son sencillas, y aunque desconocemos todavía buena parte de las complicidades y de la acción que desarrollaron las grandes potencias, no se sostiene la interpretación liberal de un hartazgo popular, porque buena parte de la población permaneció a la expectativa. La supuesta rebelión popular en Rumania contra Ceaucescu, por ejemplo, nunca existió: hubo importantes y nutridas manifestaciones, sí, pero el general Stanculescu ha revelado recientemente que el golpe de 1989 que terminó con la sentencia a muerte del presidente del país contó con la complicidad soviética y norteamericana.

 Al margen del turbio carácter del personaje, y de su afán por justificar su papel, lo cierto es que seguimos desconociendo muchos aspectos de los acontecimientos de ese año, y no sólo en Rumania, aunque no todos obedecen a causas conspiratorias. Es cierto que las maniobras y operaciones planificadas operaron sobre un descontento popular que se manifestaba en la población católica polaca, en la insatisfacción por la limitación de movimientos en la RDA, Hungría o Checoslovaquia, en la escasez de abastecimientos en Rumania, Bulgaria o la URSS, y en la aspiración a la libertad, pero la clave está en la pasividad del Moscú de Gorbachov y en la incapacidad de los gobiernos comunistas para afrontar y canalizar unas protestas pacíficas que, en su origen, no iban masivamente contra el socialismo: ni siquiera tras el hundimiento de la Europa socialista en 1989, en la URSS que veía crecer la demagogia de Yeltsin y que le llevó a ganar las elecciones rusas y a disolver la Unión Soviética en 1991, nunca su gobierno se atrevió a explicar a la población que su propósito era implantar el capitalismo.
 
                                                      *  *  *
 
Uno de los mecanismos de robo impuestos a la población fueron las altas tasas de inflación en toda la zona (¡que llegaron a superar los tres dígitos!) a causa de la decretada liberalización de precios, lo que supuso una brutal devaluación de los ahorros de la población. Junto a ello, la masiva desindustrialización, que llevó a caídas de la producción superiores al 50 % en muchos países, y la consiguiente introducción de capital, tecnología y empresas occidentales que se apoderaron de la estructura productiva en Checoslovaquia, Hungría, Polonia y otros países. 

 El aumento de los precios no fue equilibrado con un aumento de los salarios, y esa fue una de las vías para favorecer la acumulación de los nuevos capitalistas y para desarmar cualquier conato de protesta, porque la población debía emplear toda su energía en asegurarse el sustento diario, siempre por debajo de la dieta alimenticia habitual que tenía en el socialismo. Los salarios continúan siendo hoy mucho más bajos que en el occidente europeo, y eso explica la instalación de empresas occidentales para explotar una mano de obra barata, pero educada y con gran capacidad técnica.

 La privatización de los bienes del Estado (a través de ventas amañadas, subastas falseadas o “reparto” de participaciones que, inevitablemente, acabaron en manos de los nuevos capitalistas) trajo consigo un cambio total de propiedad, de la que se aprovechó la gran empresa occidental. Los nuevos bancos que operan en la Europa oriental, por ejemplo, son controlados casi en su totalidad por capital extranjero, y la introducción de las empresas capitalistas europeas buscó desde el principio apoderarse de buena parte de los sectores económicos de cada país, junto a la explotación de mano de obra y la especulación financiera y urbanística, y, en ocasiones, a la creación de “industrias” tan repulsivas como la que se dedica a la pornografía en Budapest, convertida en el mayor centro europeo de ese negocio.
 
La deuda externa combinada de los países europeos orientales en 2008, excluida Rusia, superaba con mucho (en casi 200.000 millones de euros) el monto total de las inversiones extranjeras (que han sido de unos 450.000 millones) acumuladas en los casi veinte años anteriores: un mal negocio, desde cualquier punto de vista. La emigración ha supuesto un golpe demoledor para la mayoría de los países, y, al tiempo, un recurso inevitable para la subsistencia de muchas familias. 

Aunque las estadísticas son precarias e incompletas, sabemos que más de un millón de polacos han emigrado a Gran Bretaña, y contingentes numerosos a otros países, y el gobierno de Bucarest considera que tres millones de rumanos han abandonado el país. También, sabemos que casi cuatrocientos mil moldavos han emigrado, casi el diez por ciento de la población. Centenares de miles de niños han sido abandonados por sus padres, o han quedado al cuidado de otros familiares. En Polonia, unos quince mil niños han terminado en orfanatos. 

El fenómeno es particularmente grave en Ucrania, Moldavia, Rumania y Bulgaria. Solamente en Rumania, según la Fundación Soros (que no es sospechosa, precisamente, de tener simpatías por el viejo socialismo real), hay trescientos cincuenta mil niños abandonados. El corolario de todo ello es el aumento de la delincuencia, de la explotación sexual de muchos de esos niños, del tráfico de personas. La caída de la esperanza de vida ha sido también constante y documentada por entidades locales e internacionales.

 Agrupando a todos los antiguos países socialistas europeos y las dos mayores repúblicas soviéticas, Rusia y Ucrania, en 1993 hubo casi 700.000 muertes más que en 1989. En un solo año. El fenómeno, aunque con altibajos, fue constante durante toda la década final del siglo XX. Esa terrible mortandad debe tenerse en cuenta al hablar del supuesto “éxito” de la transición del socialismo al capitalismo.
 
 
Ahora, tras veinte años de capitalismo, las recetas que gobiernos, e instituciones como el FMI, aplican contra la crisis en que se encuentran los países del Este europeo son las tradicionales del más feroz liberalismo: nuevas reducciones salariales, aumento de impuestos a la población, recortes sociales, reducción de pensiones, desmantelamiento de servicios, con el aumento consiguiente de la pobreza.

 La omnipresente corrupción, con raíces propias pero también instigada por la actuación de los empresarios occidentales; la degradación cultural, con dramáticas caídas de los índices de lectura y la desaparición o emigración de buena parte de los científicos y de las instituciones dedicadas a la investigación y la cultura; la destrucción de los valores de solidaridad, que ha sido constante y sistemática, sustituyéndolos por la noción del éxito y del enriquecimiento rápido, definen un amenazador futuro inmediato.
 
Junto a ello, los rasgos populistas, nacionalistas e incluso racistas (cuando no directamente fascistas, como se ha visto en la rehabilitación de los nazis locales en los países bálticos) han impregnado el discurso político de las nuevas élites, que, además, juzgan razonable acompañar en aventuras militares exteriores a Washington, como ha ocurrido en Iraq y Afganistán.

 La sumisión de las nuevas élites gobernantes de los países de la Europa del Este a los Estados Unidos se constata en la humillante carta suscrita, con ocasión de la agresión de Georgia a Osetia del Sur en el verano de 2008, por antiguos presidentes de algunos países, como el polaco Lech Wałesa, el checo Vaclav Havel, la letona Vaira Vike-Freiberga, el lituano Valdas Adamkus, entre otros (todos, anteriores cómplices de las sanguinarias aventuras bélicas de Bush), donde se alarmaban por el descenso del atractivo de Estados Unidos entre la población de sus países, se declaraban decididos “atlantistas”, y llamaban a “defender a Georgia” y a incluir a este país y a Ucrania en la OTAN, además de a evitar la influencia de Rusia en la Europa oriental y a limitar la capacidad de exportación de hidrocarburos rusos hacia el resto del continente: sin percatarse, esos aplicados discípulos de Washington, definían un completo programa de expansión para Washington en la zona… firmado por quienes ayer se proclamaban celosos defensores de la libertad y la independencia de sus países.
 
                                               *  *  *
 
La agencia Reuters informaba recientemente de la nostalgia del socialismo entre la población de la Europa del Este: apenas el treinta por ciento de los ucranianos es partidario del cambio producido (en 1991, un 72 % llegó a creer que la conversión sería positiva), en Lituania y Bulgaria ya son mayoría quienes rechazan el cambio; y en Hungría, el 70 % de quienes eran adultos en 1989, confiesa su decepción por el capitalismo y por el abandono del socialismo. Algo similar ocurre en los países que formaron la antigua Yugoslavia. En Alemania del Este apenas una cuarta parte de la población se siente ciudadana plena de la nueva Alemania. Y en Rusia todas las encuestas siguen recogiendo que la mayoría de la población considera una tragedia la desaparición de la URSS. Lo mismo ocurre en las otras repúblicas soviéticas.
 
Es cierto que muchos aspectos negativos del socialismo real han sido olvidados por la población, sin duda porque el hecho incontestable es que la libertad no existe con la precariedad, el desempleo, la incertidumbre, la corrupción, el miedo al futuro. No obstante, aunque no sea el objeto de estas líneas, la aspiración a la libertad y a formas de participación reales en la antigua Europa socialista eran cuestiones de máxima relevancia que fueron ignoradas en los países del socialismo real, como los serios desajustes de su economía que se pusieron de manifiesto a lo largo de la década de los años ochenta.

 La constatación del desastre social de la restauración capitalista hace aumentar la nostalgia en toda la antigua Europa socialista, pero no resuelve los problemas actuales de la población, porque la reconstrucción de los instrumentos de oposición capaces de proponer opciones socialistas viables no será sencilla: la mayoría de los partidos comunistas fueron destruidos, sus miembros, perseguidos, la ideología comunista sistemáticamente difamada, y los gobiernos y partidos liberales mantienen un control absoluto de los medios de comunicación. Los comunistas rusos hablan de la naturaleza criminal del actual régimen ruso, pero la clase obrera soviética ha sido en gran parte destruida por el proceso de desmantelamiento industrial, y eso limita su capacidad de lucha. Pese a ello, subsisten importantes partidos comunistas en Rusia, República Checa y Ucrania, y se ha creado un nuevo referente en Alemania.
 
A la vista del sufrimiento social causado en estas dos décadas, debemos concluir que no había nada que celebrar en Berlín, aunque los muros nunca sean una apuesta por el futuro.La terapia de choque fue un experimento social, del cual el capitalismo no se hace ahora responsable, que se convirtió en una verdadera matanza de dimensiones aterradoras.

 En toda la Europa oriental, la muerte cabalgó sobre la privatización y el capitalismo. Veinte años después, los ciudadanos de esos países recuerdan las insuficiencias del socialismo real, el autoritarismo, la represión de toda disidencia, el obsesivo control, pero cultivan también la nostalgia de un pasado cercano donde, a pesar de todo, la vida era más humana que ahora, y, por eso, parecen decirnos: Maldito socialismo, cómo te echamos de menos.
 
Higinio Polo
Revista El Viejo Topo, nº 265
 

      

sábado, 8 de octubre de 2016

Las seis guerras de John Kerry: ¿una extraña teoría?

Nota del editor de este Blog

 Por Beniezu

      La cruenta guerra en Siria, como antes fue la de Yugoslavia, Libia, Ucrania  etc. etc. en realidad en todas estas últimas  guerras conocidas o  desconocidas suelen están involucrados los EEUU y sus socios de la OTAN , la imagen que de las guerras  nos cuentan  los medios son pura ficción , guiones  de película elaborados  al gusto del Imperio para  ocultar y decorar sus perversas intenciones de  dominio y rapiña ,todo muy bonitamente pintado de razones humanitarias o de  su presunta  lucha contra el terrorismo .Esas  intenciones, la rapiña y el botín de guerra,  son las mismas  que tenían las guerras imperialistas hitlerianas, solo que aquellas tenían la decencia de presentarse abiertamente como lo que eran. En lo que  sí coinciden es en la utilización de  argumento goebeliano de ‘’Una mentira repetida mil veces se asume como verdad’’, principio que expandió  aquel siniestro ministro de propaganda Joseph Goebbels,  solo mudan sus formas    ahora vestidas de ‘’libertad de prensa’’ infinidad de medios pero todos ellos conchabados  y serviles a las consignas del Imperio,  todos ellos manipulados con la misma mentira.  Estamos ante un nuevo fascismo  encubierto, estamos en la era de las ‘’Guerras de cuarta generación’’ implementadas por los cerebros  de la guerra psicológica. Solo que ahora, sus protagonistas no se visten con uniformes militares de  Gestapo ni se saludan con el brazo en alto. Ahora se vistes  de ejecutivos y sus planes de guerra son sofisticados y encubiertos, pero las consecuencias de las guerras, los muertos, los destrozos, los desplazados, el sufrimiento se siguen contando por centenares de miles de muertos.
  
LAS SEIS GUERRAS DE JOHN KERRY: ¿UNA EXTRANA TEORIA? 

La pregunta que se hace el mundo es qué papel desempeña EE.UU. en Siria y la respuesta no es clara siempre, lo que incluye los pasos que va a realizar Washington pues su comprensión de la geopolítica es confusa en varios aspectos. 

Cuando se tiene claridad sobre el rol y los objetivos perseguidos por un gobierno, la forma en que se actúa es previsible en gran medida. Por ello, en el caso de USA, en lo fundamental que es quebrar a Siria e Irak, se conoce su rol fragmentador. Lo que no se sabe es cómo reaccionará subjetivamente al ver debilitado dicho propósito, es decir, que “las cosas están saliendo mal”.

Y este planteamiento se fundamenta en las recientes declaraciones del secretario de Estado, John Kerry, quien ha manifestado que en Siria se están dando seis guerras paralelas a las cuales da una identificación. No obstante, el análisis sereno permite ver que su conocimiento de la realidad es absolutamente extraño pues no responde a lo que ocurre objetivamente en dicha nación y desconoce los factores internos y externos asociados al conflicto.

Esta viñeta expresa con claridad la esquizofrenia de los EEUU  con sus políticas imperialistas 

Su postura es que en Siria "EE.UU. está llevando a cabo una guerra contra el Estado Islámico". "Y vamos a ganar esta guerra, no tengo ninguna duda sobre este punto, estamos haciendo un enorme progreso", afirmó. Sin embargo, según ha especificado el secretario de Estado, estas acciones militares "son diferentes al involucrarnos directamente en la guerra civil (en Siria), que es una guerra contra Assad"(1). Aquí ya existen inconsistencias inmensas pues desconoce u olvida lo que sucede verdaderamente, o simplemente es un intento de utilizar propaganda que llegue al sentimiento, emoción o percepción de la opinión pública, aunque no posea coherencia.


En primer lugar, el régimen estadounidense no está librando una guerra contra el Estado Islámico pues los resultados indican una pobreza militar extrema y, por el contrario, un apoyo inmenso a dichos grupos en armas, entrenamiento, financiación, etc., lo que ha sido comprobado documentalmente y en la práctica. En segundo lugar, no existe una guerra civil en Siria sino el intento de fuerzas extranjeras coaligados con sectores nacionales que intentan derrocar a un presidente legítimo, por lo cual el supuesto enfrentamiento civil no es tal sino que se expresa en una una batalla decidida contra bandas criminales por parte del gobierno.

En otro espacio interpretativo, Kerry ha sustentado que en Siria esencialmente se llevan a cabo "seis guerras simultáneamente", en los que las partes en conflicto son los kurdos y Turquía, Arabia Saudita e Irán, los musulmanes suníes y chiíes. Además, en Siria, "todos están contra el Estado Islámico y la gente contra Assad". El político también mencionó separadamente al grupo terrorista Frente Al-Nusra, que pasó a denominarse 'Frente Fatah Al-Sham'. Por lo tanto, en Siria "es muy difícil unir fuerzas", concluyó Kerry.”(2)

En este momento, la acción militar del presidente Bashar al-Asad junto con Irán, Rusia, fuerzas populares y Hezbollá, es contra la intervención de Daesh-ISIS, Al Qaeda y su filial Al Nusra y las bandas de “terroristas moderados”, quienes en conjunto desarrollan una ingente labor de destrucción social integral en dicha nación. Es cierto que Erdogán ataca a los kurdos aunque trabaja en la Coalición internacional, por lo tanto su accionar no es definitivamente contra Daesh sino contra un pueblo que está en oposición a su régimen. Suníes, chiíes, católicos, protestantes, cristianos, judíos, vivían en paz en Siria hasta que se declaró la primavera árabe donde ISIS fue el agente más provocativo y cuyo entrenamiento fue realizado en Arabia saudí y fomentado en EE.UU., más el apoyo nítido de Turquía que ha albergado más de 50.000 takfiríes.

De allí que la frase de Kerry: "todos están contra el Estado Islámico y la gente contra Assad”, no sólo es falsa sino culturalmente vacía de contenido. Actualmente el Ejército Sirio, las Fuerzas Aeroespaciales rusas y sus aliados están trabajando por la paz, sin descartar a las fuerzas kurdas; la Coalición occidental emiratí, sin aportar su parte transparente, fuerza decisiva y hombres para eliminar la amenaza terrorista, participa irregularmente y muchas veces eliminando la población civil, destruyendo las fuerzas sirias y la infraestructura del país. La supuesta gente contra Assad son las bandas terroristas pues el pueblo sirio en elecciones eligió a Bashar al-Asad como su presidente legítimo y legal.

Todo el análisis anterior lleva a una conclusión de principio: parece ser que los planes alternativos del régimen estadounidense, las pérdidas de Daesh, la huída de sus miembros, la inminente derrota de los “terroristas moderados” y posiblemente la muerte de asesores occidentales en Alepo, entre otros hechos, son el reflejo de una política intrusiva en territorios soberanos que han encontrado una ciudadanía patriótica en una lucha sin par con el propósito de mantenerse autónomos y libres.

Nadie puede desconocer que la situación del país es compleja y hay intereses diversos en juego, lo que no significa la existencia de seis guerras diferentes sino conflictos que pueden ser desactivados a través de una política de diálogo constructivo. Ahora bien, el desconocimiento de la realidad siria o la intención profunda de desorientar, no es ético ni correcto ya que utilizar elementos que no proponen un camino posible basado en la solución política, concertada, que permita lograr la equidad tan necesaria en la región, augura tragedias. Afortunadamente el proceso liberador avanza y en el destino histórico del pueblo sirio un porvenir con luz y alegría se advierte próximo en el tiempo presente.


FUENTE. 
http://www.hispantv.com/noticias/opinion/299729/eeuu-guerra-siria-irak-fragmentar

Carlos Santa María

Carlos Santa María es Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación, profesor universitario, columnista de varios medios nacionales e internacionales y ha escrito dieciséis libros en el campo humano, político y pedagógico.



CNN y el papel higienico de los ricos de Venezuela


Nota del editor de este Blog

 Por Beniezu

    Este articulo sacado del Blog cubano  ‘’La pupila insomne ‘’ es un ejemplo vivo y clarificador de la esquizofrenia  mediática   a la que nos someten  los poderes de la llamada ‘’democracia informativa’’ del  Occidente donde la información, la simple información de la realidad, debe superar complicados procesos y controles  cuyo resultado final  parece ser  pura entelequia . Y uno no sabe si reír o llorar de pena . Pero lo triste de todo esto son sus perversas intenciones de crear zombis  mentales a los que poder manipular en la dirección deseada.

CNN y el papel higienico de los ricos  de Venezuela
Por José Manzaneda


         Leemos que “Una treintena de países pide a la ONU que proteja a la población de Venezuela” (1). Lo curioso es que esta petición en el Consejo de Derechos Humanos de Ginebra, no ha sido aprobada (2). Mientras, una contraria, presentada por Cuba, en apoyo a la soberanía de Venezuela, sí lo fue con 88 votos (3). Es decir, que una resolución no aprobada es titular de la prensa internacional, pero otra que lo es con tres veces más votos, ni siquiera es noticia.
          Para la prensa española, un crimen violento no es igual si se produce en México... o en Venezuela. Hace unos días, era noticia el secuestro y asesinato en la capital mexicana de María Villar, sobrina del actual presidente de la Federación Española de Fútbol (4). No leemos en las notas acusaciones contra el Gobierno mexicano, ni análisis sobre la grave situación de violencia en aquel país (5). ¿Se imaginan –por el contrario- esta noticia... en Venezuela? Tendríamos reportajes de varias páginas, entrevistas a líderes de la oposición venezolana y artículos de supuestos “expertos” (6). Todos señalando a un mismo culpable: el Gobierno de Caracas (7).
         Tampoco leemos señalamientos contra el gobierno o el “régimen” político vigente en EEUU, cuando nos informan de que, en 2015, los delitos violentos se incrementaron, allí, casi el 4 % (8). O de que en Chicago, tercera ciudad del país, los homicidios han aumentado el 50 % (9).
  
El País uno más de los medios del Estado fiel  servidor a las consignas marcadas por los intereses del neoliberalismo 


         En la prensa internacional no ha sido noticia el asesinato, en Colombia, de la campesina Cecilia Coicue. Había ofrecido sus tierras para ubicar una de las llamadas “zonas veredales” que, según el Acuerdo de Paz –no aprobado en referéndum-, alojarían de manera transitoria a la guerrilla de las FARC (10). En el primer semestre del año, han sido asesinados 35 defensores de derechos humanos en aquel país, y 279 fueron víctimas de agresiones (11). Latifundistas y empresas agroindustriales están detrás de estos crímenes que no son noticia. Mientras, durante semanas ha ocupado páginas de la prensa internacional la supuesta “huelga de hambre” del “disidente” cubano Guillermo Fariñas (12), cuyo final ridículo y estrambótico ha sido cuidadosamente silenciado en los medios (13).
          Para la gran prensa no es lo mismo la detención de un periodista en Venezuela y Cuba, que en EEUU... o Chile. A comienzos de septiembre, grandes medios internacionales denunciaban la detención de un informador chileno en Caracas (14). Nada han dicho, sin embargo, sobre la prisión “preventiva”, de casi un año, sufrida en Chile por el fotógrafo Felipe Durán, que cubre desde hace años la lucha del pueblo mapuche (15). Ni sobre la agresión y detención, a finales de julio, por parte de carabineros chilenos, a dos periodistas del canal iraní HispanTV, cuando cubrían una protesta estudiantil (16). Tampoco sobre la orden de arresto, en Dakota del Norte (EEUU), contra la directora de Democracy Now, Amy Goodman (17). Está acusada de “violación de propiedad”, tras filmar la represión contra quienes se oponían, en la Reserva Sioux de Standing Rock, a la construcción de un oleoducto.
          Por último, nos quedamos con un reportaje que retrata, a la perfección, qué problemas y qué clases sociales importan, realmente, a canales de televisión como CNN en español (18). “Volé a Estados Unidos para comprar papel sanitario" es su titular. La protagonista,una empresaria venezolana que aparece triste y compungida en la foto, porque –al parecer- tiene dinero para viajar por el mundo, pero no para comprar papel higiénico en su país. Un grave problema, sin duda. Casi tan grave como el de la pobreza que sufren 168 millones de personas, o la indigencia de 70 millones en América Latina, cuya tristeza raramente aparece en la foto (19).
(19) http://www.latercera.com/noticia/negocios/2016/03/655-673378-9-cepal-numero-de-pobres-en-america-latina-subio-a-175-millones-en-2015.shtml

FUENTE.  https://lapupilainsomne.wordpress.com/2016/10/06/cnn-y-el-papel-higienico-de-los-ricos-de-venezuela-por-jose-manzaneda/



martes, 4 de octubre de 2016

Terrorismo…, o de cómo nos toman por tontos



Nota del editor de este Blog 

Beniezu

“Terrorismo’’, concepto  que es   para la hipocresía Occidental  el paradigma de la maldad, de sus enemigos claro, porque el terrorismo propio, el que emplean con profusión como arma para alcanzar objetivos políticos o territoriales, ese, no existe como tal terrorismo  o bien lo denominan actos  ‘’humanitarios’’ , ‘’expansión de la democracia’’ etc o simplemente lo ignoran. Este articulo sacado de Las páginas de ISPANTV iraní, y escrita por el argentino Marcelo Colussi es una buena y grafica  descripción sobre  la manipulación que hacen los medios occidentales sobre el concepto de ‘’terrorismo’’

Terrorismo…, o de cómo nos toman por tontos
·          
Desde hace ya unas décadas, hacia fines del siglo XX, fue estableciéndose como una táctica militar un tipo amplio y difuso de acciones al que se le ha dado el impreciso nombre de “terrorismo”.
        
     Por Marcelo Colussi

       Quienes otorgan ese nombre (instituciones oficialmente constituidas) tienen una idea determinada de lo que entienden por él; pero quienes lo reciben, en realidad jamás se autodefinen como “terroristas”. Además, si bien puede haber grandes diferencias entre los que así son designados (partidos políticos de izquierda, movimientos sociales, grupos de acción armada, etc.), ninguno de ellos se reconoce como “señor del terror” sino, en todo caso, luchador social. Con lo que vemos que es muy difuso el término, equívoco, hasta incluso: engañoso. En verdad ¿quién es “terrorista”? ¿Qué significa con precisión ser un “terrorista”?

               


 ¿ Quien es más terrorista ?
Siendo estrictos, no hay una definición unívoca del término. En todo caso, puede advertirse desde el inicio que su nombre mismo ya presenta una carga negativa: evoca el terror. Pero eso, lo sabemos, es excesivamente amplio: puede entrar allí desde una amenaza de bomba hasta un desequilibrado mental que asesina en serie, una broma de mal gusto o una muchedumbre enardecida que se permite linchar a alguien. Un acto terrorista, por tanto, más que significado político -según la lógica con que usualmente se usa en Occidente- es sinónimo de salvajismo. Carga que no tiene, por ejemplo, la llamada guerra convencional. Quien mata en guerra es un héroe. Más aún: se le premia, es un héroe de la patria, se le puede llegar a inmortalizar. Ninguna bomba inteligente de alta tecnología es asesina, es terrorista, pero sí lo son, por ejemplo, quienes resisten a la ocupación estadounidense en Irak, o quienes bloquean una carretera pidiendo alguna reivindicación.
          ¿Tiene sentido eso, o se trata sólo de un discurso de dominación, un ejercicio de poder? En un Manual de Entrenamiento Militar de la Escuela de las Américas de Estados Unidos puede leerse como una sana recomendación para sus alumnos, por ejemplo, “aplicar torturas, chantaje, extorsión y pago de recompensa por enemigos muertos”. ¿Eso es guerra limpia o terrorismo? Y más aún: ¿es posible que haya guerra limpia?
        Entonces, en definitiva: ¿qué es el terrorismo? ¿Hay alguna definición seria al respecto? Desde ya vemos la dificultad intrínseca. De hecho, se han aportado varias, pero los mismos ideólogos que debaten sobre sus propiedades no terminan de encontrar una versión convincente. El Departamento de Estado de los Estados Unidos de América en uno de sus Informes anuales sobre “Tendencias del Terrorismo Mundial”, antes de definirlo siquiera comienza diciendo que “la maldad del terrorismo siguió azotando al mundo este año, desde Bali hasta Grozny y hasta Mombasa. Al mismo tiempo, se libró intensamente la guerra mundial contra la amenaza terrorista en todas las regiones, con resultados alentadores”, con lo que, ante todo, se parte de una valoración: el terrorismo es intrínsecamente malo. Acto seguido lo caracteriza diciendo que “se constituye, tanto en el ámbito interno como en el mundial, en una vía abierta a todo acto violento, degradante e intimidatorio, y aplicado sin reserva o preocupación moral alguna”. Preguntamos: ¿las invasiones entran allí? ¿Y las peleas de box? ¿Son actos violentos y degradantes también las corridas de toro? ¿Y las riñas de gallo o de perro? ¿Cuándo algo empieza a ser "terrorista"?
          El entonces presidente de Estados Unidos, George Bush hijo, declaró en alguna ocasión que “no se cansará, no titubeará y no fracasará en la lucha por la seguridad del pueblo estadounidense y por un mundo libre del terrorismo. Seguiremos sometiendo a nuestros enemigos a la justicia o les llevaremos la justicia a ellos”. Claro que esa justicia puede ser la invasión militar, obviamente, pasando por sobre el derecho internacional y las resoluciones de la ONU. En nombre de la lucha contra él, está visto que puede hacerse cualquier cosa. ¿Tan malo es el “terrorismo” que da lugar a todo tipo de intervención, incluidas guerras preventivas -hasta con armamento nuclear, como pretende hoy la Casa Blanca en más de alguna de sus hipótesis de conflicto- o hay ahí “gato encerrado”?
II
        De acuerdo a datos suministrados por el mismo gobierno federal de Washington, el terrorismo ha matado en el mundo, entre en los primeros cinco años de este siglo, a 24.429 personas (la misma cantidad que contrae el VIH en 8 días); es decir: un promedio de 13 personas diarias (contra 1000 personas diarias que mueren de diarrea por falta de agua potable, o más de 2.000 por día que fallecen por hambre). Lo curioso es que, para combatir este flagelo del VIH-SIDA en el ámbito de la salud, la Casa Blanca utiliza 100 veces menos presupuesto que lo que emplea para su guerra preventiva contra el “terrorismo”. O hay un error en los cálculos, o evidentemente la apreciación de los estrategas estadounidenses se equivoca, puesto que ven una mayor amenaza a la seguridad de la especie humana en el siempre mal definido e impreciso “terrorismo” que en la pandemia de VIH-SIDA. O, mucho más crudamente: son unos descarados delincuentes que trabajan para un proyecto donde lo único que cuenta son los intereses de las grandes corporaciones de su complejo militar-industrial y petrolero, asegurando así sus privilegios de clase.
            El tema es complejo, y estamos dominados más que nada por un cargado discurso ideológico que la manipulación mediática de estos últimos años nos legó: algunos soldados (en general blancos, rubios, amantes de la libertad y la democracia -y la Coca-Cola-) suelen ser los “buenos”, y los “terroristas” -que curiosamente no son blancos…ni toman Coca-Cola- suelen ser los “malos”. Problemático, ¿verdad?
         ¿Son prácticas “terroristas” las guerras de guerrillas, las guerras de liberación nacional, las luchas anticolonialistas? ¿Cuándo empiezan a ser “terroristas” las acciones militares? Por cierto que el campo conceptual es amplio, difuso, cargado ideológicamente. Si lo que busca el “terrorismo” es crear conmoción y pavor -según una sesgada visión-, eso fue lo que logró, por ejemplo, la invasión angloestadounidense en Irak, a punto que así se designó oficialmente la operación: “Conmoción y pavor”; y no se la llamó “invasión terrorista”. ¿Quiénes son más “terroristas”: las guerrillas antiimperialistas latinoamericanas o los grupos anti-sionistas?, ¿el ejército israelí o la ETA vasca?, ¿las tropas rusas en Chechenia o los comandos chechenios en Rusia?, ¿las bombas nucleares que podrían lanzar Estados Unidos o Israel sobre Irán o los zapatistas de Chiapas?
        Una de las bases militares más grandes de Estados Unidos se encuentra en la llamada Triple Frontera, entre Brasil, Argentina y Paraguay donde, casualmente, se encuentra el Acuífero Guaraní, la segunda reserva de agua dulce subterránea más grande del planeta, y donde -también casual y curiosamente- los servicios de inteligencia de Washington han detectado escuelas coránicas para formación de “terroristas”. ¿Lo podremos creer?
         Como vemos, las posibilidades que pueden caer bajo el arco de “terrorismo” son por demás de amplias: una bomba en un restaurante, una emboscada a una unidad de un ejército regular, un ataque aéreo de un país contra otro, son todas acciones igualmente violentas (al igual que las corridas de toro, o las peleas de gallo), con resultados similares: muerte, destrucción, terror en los sobrevivientes. ¿Cuál de ellas es más “terrorista”? Y por otro lado -quizá esto es lo esencial-: ¿quién las define como “buena” o “mala”? ¿Por qué después de los ataques “terroristas” en Francia se dijo que “Todos éramos Charlie”, y no se dice que “Todos somos palestinos” después de un bombardeo israelí sobre este pueblo, o “Todos somos afganos, o iraquíes, o egipcios, o sirios”, después de cada bombardeo de las fuerzas de “la libertad y la democracia” capitaneadas por el Pentágono sobre alguno de estos países donde, “casualmente”, hay petróleo o gas en su subsuelo?
         Es obvio que el término no es nada inocente; su utilización arrastra una tácita condena: habría una violencia legítima -la que puede ejercer un Estado contra otro, o la que ejerce contra insurrectos que se alzan contra el orden constituido-, y una violencia no legítima a la que le cabe el mote -profundamente despectivo- de “terrorismo”. La diferencia estriba no precisamente en una consideración ética (la violencia es siempre violencia, y ninguna es más “buena” que otra: también es condenable la del boxeo o la de la corrida de toros) sino en un ordenamiento jurídico que se desprende, en definitiva, de relaciones de poder. ¿Qué fundamento ético o jurídico habría para decir que la tauromaquia no es terrorismo entonces? ¿Porque se trata de animales? La evocación de la tristeza por los franceses masacrados o la indiferencia por olvidados musulmanes de cualquiera de los países invadidos arriba mencionados nos remite a la cuestión de quién manda en el mundo, y de por qué pensamos lo que pensamos: el Esclavo piensa con la cabeza del Amo.
III
          El atentado contra las torres del Centro Mundial de Comercio de New York en 2001 es un acto terrorista, pero no lo es -al menos así lo presenta la prensa oficial que moldea la opinión pública mundial- un manual militar como el que citábamos más arriba. ¿Cuál de las dos lógicas en juego es más “terrorista”? Y si fuera cierto que la destrucción de esos edificios fue un acto auto-provocado por el gobierno federal de Washington para justificar su proyecto de guerras preventivas, ¿eso es terrorismo o no? Es terrorismo de Estado, pero la prensa oficial no habla de eso. Pinochet, en su lucha contra los “terroristas subversivos”, ¿no era él un terrorista por los métodos empleados? ¿No fueran las peores expresiones de terrorismo de Estado las guerras sucias que ensangrentaron los países latinoamericanos las décadas pasadas? Pero oficialmente esas fueron guerras “contrainsurgentes” y no “terroristas”. ¿Quién lo dice?
          Si lo distintivo de un acto “terrorista” es la búsqueda de población civil no combatiente como objetivo, el 80 % de los muertos en las guerras habidas desde el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945 a la fecha se encuadra en este concepto; actos, sin duda, por los que ningún militar ni político ha sido juzgado en calidad de “terrorista”. Haber lanzado armamento nuclear sobre población civil no combatiente en Hiroshima y Nagasaki podría considerarse actos terroristas, pero como la historia la escriben los que ganan, se pueden hacer pasar casi como “actos humanitarios” que, supuestamente, impidieron más muertes.
          Hoy por hoy, en un mundo absolutamente dominado por los montajes mediáticos, en forma insistente se ha ido metiendo la idea del “terrorismo” como uno de los peores flagelos de la humanidad. De manera casi refleja suele asociárselo con maldad, crueldad, barbarie; y por cierto, en esa visión parcial e interesada, esas prácticas nos alejan de la civilización supuestamente democrática, presunto punto de llegada de la evolución cultural (léase: economías de mercado con parlamentos formales). Dentro de esa lógica hemos terminado por no poder distanciarnos de la falacia -llevada a grados patéticos por la insistencia de la prensa- de “terrorismo = malo, estamos contra él o somos un terrorista más”.
          Merced al impresionante juego manipulatorio de los medios masivos de comunicación suele ligárselo a cualquier forma de protesta, en general conectada con los países más pobres y postergados. Todo ello, según la concepción que se fue generando, es intrínsecamente perverso, traicionero, sádico, propio de fanáticos fundamentalistas. Un “terrorista” -según ese orden discursivo- es un delincuente subversivo, un apátrida; en definitiva: un monstruo inhumano. Por supuesto que los autores del manual de la Escuela de las Américas, aunque inciten a la tortura y a la corrupción, no son “malos”, porque lo hacen en nombre de la guerra contra el terrorismo, para defender el “modo de vida occidental y cristiano”.
         ¿Quién en su sano juicio podría alegrarse y festejar por la muerte violenta de unos niños, de una señora que estaba haciendo sus compras en el mercado, de un ocasional transeúnte alcanzado por una explosión? Pero ahí está la falacia, lo perverso del mensaje sesgado con que el poder se defiende: se presenta la parte por el todo, mostrando sólo un aspecto -con ribetes sentimentales- de un conjunto mucho más complejo. ¿Alguna vez los medios muestran las escenas dantescas que sobrevienen a los bombardeos “legales” de una potencia militar? ¿Alguna vez se habla de las monstruosidades propiciadas por la pedagogía del terror de un manual como el de la Escuela de las Américas? ¿Sufre más una víctima que la otra? ¿Es más “buena” y “respetable” una violencia que otra? ¿Qué dirán los toros sacrificados en la arena de una plaza? ¿Y los torturados, masacrados, violados y silenciados en nombre de la libertad y la democracia? ¿Vale más un francés muerto por una bomba que un ciudadano sirio?
         Está claro que la dimensión del fenómeno es infinitamente más compleja que la malintencionada simplificación con que se nos presenta el problema. El maniqueísmo, en definitiva, ahoga las posibilidades de soluciones reales. Son tan víctimas los civiles que mueren en un atentado dinamitero hecho por un grupo irregular como los que caen bajo el fuego de un ejército regular. ¿Por qué los regulares serían menos asesinos que los irregulares?
         El mundo sigue siendo injusto, terriblemente injusto; la distribución de la riqueza que el sistema capitalista crea es de una inequidad espantosa. El hambre sigue siendo la principal causa de muerte de la población mundial, hambre evitable, hambre que debería desaparecer si se repartiera algo más equitativamente el producto social que creamos los humanos. Esa injusticia estructural en las relaciones interhumanas es el principal exterminio que enfrentamos a diario; pero eso no es la gran noticia, de eso no se habla mucho. Hoy el “terrorismo internacional” se presenta como el peor de los apocalipsis concebibles, mientras que del hambre no se habla, o se lo hace desde una óptica de caridad. Pero no podemos olvidar que por hambre mueren casi 100 veces más personas diarias que por “actos terroristas”. ¿O habrá que considerar el hambre como terrorismo?
          Es por eso que sigue teniendo vigencia lo que 35 años atrás, en 1981, firmaban numerosos Premios Nobel como “Manifiesto contra el Hambre”, y que debemos seguir levantando como principal estandarte por un mundo mejor: “Cientos de millones de personas agonizan a causa del hambre y del subdesarrollo, víctimas del desorden político y económico internacional que reina en la actualidad. Está teniendo lugar un holocausto sin precedentes, cuyo horror abarca en un sólo año el espanto de las masacres que nuestras generaciones conocieron en la primera mitad de este siglo y que desborda por momentos el perímetro de la barbarie y de la muerte, no solamente en el mundo, sino también en nuestras conciencias.[…] El motivo principal de esta tragedia es de carácter político”.
        Por tanto, el enemigo y principal amenaza para la humanidad no es el impreciso y siempre mal definido “terrorismo”; sigue siendo la injusticia, aunque nos hayan querido hacer creer estos años que estaba un tanto pasado de moda hablar de ella. Y como dijo Xabier Gorostiaga: “Quienes seguimos teniendo esperanza no somos tontos”, aunque quieran hacernos parar por tales con los espejitos de colores que nos distraen.



domingo, 2 de octubre de 2016

Video entrevista sobre LA GRAN FARSA DE LA "TRANSICION"



 Por Beniezu

    "La Transición" una definición pésima de lo que siempre debió de llamarse  "El Transvase" de un modelo de Estado franquista a otro modelo neo franquista pues solo cambiaron las formas y el lenguaje .Porque, lo más elemental para que todo cambio fuese efectivo y real sería preciso que los protagonistas de la dictadura fuesen apartados de los poderes administrativos y políticos, y no ocurrió nada de eso, continuaron en sus puestos y en las riendas del poder.  Ciertamente en aquel transvase ocurrió algo diferenciado que contribuyo grandemente para incrementar el engaño y fue la irrupción en el escenario  de la figura del PSOE y de Felipe González  Este joven abogado laboralista y desconocido  hasta entonces pero parece que reunía las "cualidades" exigidas  para la CIA para desempeñar el papel de líder y dar  credibilidad al  montaje de una nueva "España democrática". Además de ser obediente, ambicioso y disponer de un descomunal desparpajo  y una  ambición sin limitas, las " virtudes ideales de los agentes al servicio del Imperio y la CIA.


          Este personare  fue promocionado no solo por la CIA sino que por la mayor parte de los poderes económicos  mediáticos y políticos que seguían controlando el Estado después de Franco, pues no dejaba de ser creíble que un personaje del histórico PSOE parecía ser la panacea perfecta que legitimaria  la “Transición” como una  democracia real, supuesta mente nada que ver con el franquismo,  y que desgraciadamente así fue.


El uno complementa al otro

        En es este video- entrevista a Alfredo Grimaldos ,un tenaz escritor y analista  sobre el aun interesadamente desconocido tema de la llamada “Transición”. Y lo hace desde una perspectiva critica real y clarificante  lejos de los falsos  cuentos de los escribientes del  Régimen, donde no faltan las anedotas de su actividad de estudiante militante en  aquellos días revueltos tras la muerte de Franco y las maniobras de sus  seguidores para dar continuidad a las “conquistas” de Franco

VIDEO

http://www.laentrevistadelmes.com/2014/01/alfredo-grimaldos-la-transicion-la.html